La suerte de los genocidas


Por Bonaparte Gautreaux Piñeyro

En la década de 1990 escribí un editorial en el periódico El Nacional que motivó una llamada del dueño del periódico al director del diario, por la posición que se fijaba en el escrito.

Se refería, aquel editorial, al reclamo de Abimael Guzmán, el líder militar y político del grupo terrorista peruano Sendero Luminoso, de larga historia en el irrespeto a los derechos humanos.

Tal fue la acción del grupo liderado por quien se hacía llamar Camarada Gonzalo, como nombre de guerra, que cuando una líder ganó la alcaldía del barrio, por segunda o tercera vez y se negó a aceptar el respaldo del grupo terrorista la acosaron, la amenazaron de muerte y tuvo que salir al exilio hacia España, porque sabía, como lo sabía Perú, que Guzmán era un asesino despiadado.

Guzmán decidió enfrentar la violencia de Estado con violencia revolucionaria. Ese camino ha sido causa de la muerte de innúmeros dirigentes revolucionarios, cuyas vidas fueron segadas por cobardes militarotes que sólo enfrentan a los hombres cuando el otro está desarmado.

En aquella ocasión seleccioné el tema porque el señor Guzmán o Camarada Gonzalo, como usted lo desee, reclamaba ante los tribunales respeto al debido proceso, a la Constitución, a las leyes del Estado peruano y otros reclamos que luego hizo Alberto Fujimori, aquel profesor universitario que ganó la Presidencia del Perú, se emborrachó con las mieles del poder, se ahitó con el mando omnímodo, se convirtió en dictador y ahora purga sentencia por sus abusos y violaciones a los derechos humanos.

Ellos, Abimael Guzmán y Alberto Fujimori, que no tuvieron freno, ni piedad, ni consideraciones sobre los derechos de los opositores, ahora convertidos en “indefensos” ciudadanos, reclaman, piden, exigen, demandan, que sus derechos sean respetados en los tribunales, en las cárceles.

Ese tipo de gentuza existe en todos los países donde la institucionalidad necesita ser reforzada por la acción de mujeres a quienes les pese el ruedo y hombres que tengan los pantalones bien puestos, para que en el momento de ser sometidos a los tribunales, los jueces sean justos y pesen en la balanza de la justicia si los acusados merecen ser medidos con la vara de la humanidad.

Aquí tenemos casos de gente que abusó del poder que le conferían los cargos, las charreteras y las posiciones políticas y disfrutan de una inmerecida libertad de acción, lo cual nos enseña que nuestras autoridades no han cumplido con su papel de perseguir el delito y los delincuentes.

La forma más injusta de hacer justicia es no perseguir a un militar golpista, asesino y ladrón, violador de los derechos humanos, o condenarlo a cumplir la pena en un cuartel militar, como si esa pudiera ser cárcel para un genocida.



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